sábado. 21.02.2026
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Unha misión xesuíta de 1673 polas parroquias da Costa da Morte

 Interior da igrexa de Santa María de Cereo, en Coristanco, onde o P. González Santalla fundou un xubileu-Foto-Luis Bermudez
Interior da igrexa de Santa María de Cereo, en Coristanco, onde o P. González Santalla fundou un xubileu-Foto-Luis Bermudez
Unha misión xesuíta de 1673 polas parroquias da Costa da Morte

No ano 1669 foi nomeado como arcebispo para a diocese de Santiago don Andrés Girón, despois de que ocupara durante cinco anos a sé de Pamplona. Nesta primeira estancia coñeceu ao relixioso xesuíta P. Tirso González de Santalla, natural dunha aldea de León, onde nacera en 1624. Cando Girón chega a Santiago, coñecendo a fama de bo predicador e de celoso evanxelizador de Santalla, decide reclamalo para dirixir varias misións populares pola xeografía diocesana, que completou logo por toda Galicia e España. O P. Tirso González chegou primeiro á zona de Bergantiños no outono de 1673, acompañado do P. Alonso López, deixando por escrito nun diario todas as peripecias, conversións, misións e forma de vivir das nosas parroquias nesa data tan distante a nós. Do mesmo xeito, cita con énfase a creación das «congregacións», unha serie de xuntanzas de fieis co motivo de recibiren formación espiritual ou para orar en común e, tamén, a creación duns xubileos onde se concorrería para a comuñón xeral. Velaquí uns extractos do diario de González de Santalla: 

«El lunes nueve de octubre pasamos a San Pedro de Santa Comba, donde nos fue acompañando don Juan Pita con otro sacerdote. Estaba la gente ya convocada y concurrió en gran número. La iglesia es muy pequeña y así fue necesario predicar en el campo, como también en la Virgen de Covas, aunque no con la comodidad que allí, donde predicamos desde una ventana del hospital que tienen enfrente de la iglesia y un buen atrio. En Santa Comba era mucha la incomodidad para predicar. Dios tuvo singular providencia con enviarnos buen tiempo, y aunque el último día por la mañana estuvo lloviendo y fue de incomodidad para confesar y dar la comunión (que fue forzoso se diese fuera, debajo del palio, por ser la iglesia pequeñísima, y el tropel de la gente grande), nuestro Señor mudó el aire de vendaval en cierzo, que enjugó la tierra para que se pudiese predicar a la tarde en el campo a más de cuatro mil personas. Aquí fue el fruto copiosísimo, y hubo mucho concurso de confesores, pues el día último fuimos veintitrés, y de ordinario éramos dieciocho o veinte. Se gastaron cinco mil formas, ajustadas por cuenta, y entre semana se gastaron muchas más. Estuvimos hospedados en casa de don Bartolomé de Valenzuela, rector de aquella feligresía, que nos trató con mucho agrado, y cuya casa está distante de la iglesia un buen trecho. Concurrieron con gusto los confesores, porque el juez daba mesa cada día a diez o doce, y a los demás el rector y el escribano. 

De aquí pasamos el lunes a Traba de Bergantiños, y nos vino asistiendo don Juan Pita y don Bartolomé Valenzuela, con otro sacerdote. Llegamos cerca de las cinco de la tarde y hallamos grande concurso, con que luego fue grandísimo el número de confesiones, durando desde el amanecer los confesores en el confesionario hasta las dos de la tarde. Experimentamos aquí singular providencia en el tiempo, pues la iglesia es como un puño, y si lloviera, no habría donde predicar. Nuestro Señor, atendiendo a esta necesidad, aunque había llovido la noche antecedente al lunes, y toda la mañana de este, a la tarde serenó el tiempo, y estuvo el cielo muy apacible para que se pudiera predicar, confesar y dar la comunión todos los días en el atrio de la iglesia. Solo el día último, después que la gente estaba movida, y no había de retirarse por el mal tiempo, hizo una noche y mañana terrible con un viento vehementísimo y mucha lluvia que trajo grande penalidad a los confesores y penitentes y a los que habían de dar la comunión, pero, no obstante, a las dos de la tarde se había concluido todo, habiéndose gastado seis mil quinientas formas. No hubiera podido despachar tanta gente sino estuviera casi toda confesada de entre semana, y si la noche antecedente no hubieran estado muchos confesores confesando hasta la media noche, y todos, por lo menos, no hubieran asistido dos o tres horas al confesionario.

No faltó aquí Dios con su amorosa providencia, para que la gente que había concurrido no quedase sin sermón, que forzosamente había de ser en un campo apartado del atrio de la iglesia, por ser este corto para tanta multitud, pues habiendo llovido hasta las tres de la tarde, amainó el aire e hizo muy apacible tarde, todo el tiempo necesario para predicar, y yo reparé que por otras partes no muy distantes llovía al mismo tiempo. Se dejó entablado el jubileo de la comunión general para los segundos domingos de mes en dos iglesias, las de más devoción del arciprestazgo, que son Nuestra Señora de Rus y la Virgen de Cereo, que tienen curas muy vigilantes que lo pidieron con instancia.

De Bergantiños pasé a Malpica el lunes por la tarde (…) Se dio la comunión alrededor de la iglesia y los confesores estuvieron divididos por los campos, calle y atrio de la iglesia confesando. Se gastaron seis mil formas y se fundó la congregación. Teniendo echada la misión para la villa de Lage, del arciprestazgo de Soneira, tuve carta cómo el Padre Rubí estaba enfermo en el hospital de San Andrés. (…) El viernes tres de noviembre se empezó la misión en Lage para el arciprestazgo de Soneira, que duró hasta el domingo doce. (…) Se predicó en la calle, desde una ventana o puerta de una casa, que está enfrente de la iglesia, a que se sube por unas escaleras de piedra. Ningún día dejó de haber sermón y aunque alguna vez llovió toda la noche con recio vendaval e hizo mala mañana, a la tarde trajo Dios viento norte que barrió las nubes. (…)

El lunes vinimos de Lage a dormir a casa de don Antonio Caamaño, en Vimianzo, y partimos a las ocho de la mañana siguiente. A medio cuarto de legua de Cee, salieron a recibirnos diez o doce rectores y otra gente de la villa a caballo. Empezamos a predicar martes por la tarde, y a confesar el miércoles por la mañana. El sacristán de Cee tuvo curiosidad de contar las formas que se iban gastando hasta siete mil quinientas y el domingo ocho, más de ocho mil contadas. Se predicó en la plaza, levantando un tablado, con su cubierta hacia la parte de la iglesia, que estaba defendida del cierzo».

Para non aburrir ao lector, por se é do seu interese ter esta información, González Santalla continúa falando das súas predicacións nas vilas de Fisterra e Muxía, e freguesías circundantes, comentando polo miúdo as súas experiencias nestas tarefas evanxelizadoras, achegando datos curiosos sobre a vida mariñeira que puido observar. 

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