Más niños aburriéndose
Hay una noche por ahí haciendo de las suyas mientras yo estoy en casa - esta semana he decidido quedarme en casa por cuidar del hígado. El hígado hay que cuidarlo cuando todavía está sano, porque luego ya nada -, dando inicio a este artículo que me va a quitar el sueño. Escribir de noche, sobre todo si después pretendo dormir, resulta muy peligroso ya que lo hago utilizando la tablet y, según me dijo el médico amigo - algún médico amigo -, la luz que esta irradia me espabila y desvela.
- ¿Y por qué no escribes usando bolígrafo y papel como se hizo siempre?
- Porque yo escribo en mi tablet, que para eso la tengo.
Tablet, tableta, iPad Air no sé qué. Aparato de luz y aire que me ilumina la cara con su falsa luz de Luna a estas altas horas en las que pienso sobre el aburrimiento. El aburrimiento. La importancia de aburrirse. La importancia vital de que los niños se aburran.
- ¿Y por qué no le bajas la intensidad de claridad en ajustes?
- Ya lo hago, pero se sube sola.
Hay una noche quemándose ahí fuera que hoy no me llama mientras yo me curo a base de infusiones y prosa, sentando en el chester de mi escritorio muy a gusto y algo inquieto. Continuo esta meditación que dio comienzo - que di comienzo - en el artículo de la semana pasada. En La Coruña, a parte de beber vino, comer jamón, pasear, y enamorarme de las dependientas del Zara, también estudié un poco. Mientras yo intentaba ligar con N, la profesora nos mandaba trabajos sobre autores como Piaget, Vygotsky, Bruner, Bandura, Skiner y demás perlas en la materia; cada cual con sus teorías más o menos razonables. Alguno habló del aburrimiento.
Las mamás actuales, influenciadas por las diversas corrientes que llevan imperando en este ámbito desde los últimos cincuenta años - o cosa así -, insisten en apuntar a los niños a todo lo que sea posible. Que si vela, que si natación, que si baloncesto, que si ajedrez, que si voley, que si solfeo, que si patinaje, que si fútbol, que si pintura, que si cocina, que si matemáticas… Porque los niños han de tener la mente ocupada y quemar energías, claro. Todo muy bien. Pero el niño lo que tiene es que aburrirse; al menos un poco. Un poco cada semana, cada día. Aprender a aburrirse. Lo sencillo es meterlo en extraescolares nada más salir del comedor, así nos queda tiempo para dedicarnos a las cafeterías, a los centros de estética, y a las manifestaciones que piden liberación y justicia para el cabrón de Maduro. Los niños tienen que aburrirse porque el Mundo se crea y se regenera, fundamentalmente, en las cabezas de los niños que se aburren - que son las que piensan -.
Ya sabemos que los dirigentes nos quieren entretenidos para que no podamos urdir el plan que los aniquile.
Así han exclavizado a nuestros hijos, y a nosotros mismos, tirando de tecnología móvil y creándonos necesidades que no tenemos. Gentuza. Ya está dicho, y no vale la pena seguir profundizando en esto. La libertad, incluso en versión infantil, siempre da comienzo con un poco de vacío. Ese vacío exacto en el que el niño decide coger un palo y crear una espada para vivir en el jardín de casa las aventuras a las que don
Quijote se enfrentó en los campos manchegos; ese momento preciso en el que decide ir a por una toalla para hacerle guerra al gato y verse como torero; ese instante en el que se cuelga la guitarra del abuelo para trastear con ella mientras de fondo suenan Los Panchos, como si fuese él el que estuviera tocando. Las madres son cómplices del Sistema, espero que inconscientemente; digo las madres, y no los padres, porque ya se sabe que estos no han mandado jamás en aspectos como el que estamos tratando, ni lo van a hacer, generalmente porque les da igual - aunque habrá excepciones, supongo -. Con la falta de estímulo - o sea, con el aburrimiento - aparece el universo propio y eso, en un niño, constituye una revolución silenciosa. A través del aburrimiento el niño se enfrenta a la frustración, cuestión que también resulta beneficiosa a la hora de educar el carácter. En una época donde se confunde estimulación con amor, afecto, y sobre protección, dejar al niño a su aire es un acto subversivo. No es abandono, ni maltrato; que el niño se aburra es no colonizar sus horas con nuestra urgencia. Bendito sea el niño aburrido, poeta todavía sin versos escritos, estilita de sí mismo que mira a la pared como a un mar y que sin saberlo comienza a llenarse. Del aburrimiento no sale nada. No salen likes, no salen followers, no salen tortillas francesas… De la infertilidad del aburrimiento lo
único que sale es el pensamiento. Y eso, ya es literatura.
- Abraham Trillo. Escritor e Educador Infantil.
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