Confesiones de San Agustín

Un año más que me cayó encima. Hace seis meses que pienso que tengo la edad que cumplí el pasado jueves, o sea que poca emoción; la noticia no me coge de sorpresa. Pero hay que hacer una fiesta. Entre los regalos, un poco de todo y todo de gran calidad. Unos calcetines de Scalpers que me regala C me hacen especial ilusión. “Confesiones de san Agustín”. También me regalan las “Confesiones de San Agustín“ en una edición burdeos con un cuadro del mismo escribiendo en la portada. El libro, que reposa sobre la mesa del escritorio, rojo como el corazón rojo del mismo santo, termina con la siguiente cita: “No hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro”, o sea que todavía debo de estar a tiempo. Entre sus páginas hay otra que reza: “Es mejor cojear por el camino que avanzar a grandes pasos fuera de él. Pues quien cojea en el camino, aunque avance poco, se acerca a la meta, mientras que quien va fuera de él, cuanto más corre, más se aleja”.

Desde luego, M y B, con este regalo se muestran muy indulgentes - y esperanzados - conmigo; no sé yo. La cosa es que cuando uno cumple años el tema parece ir de confesarse. El año pasado J me regaló otro libro de título similar: “Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias”, de González Ruano. El caso es que yo no me pienso confesar en este artículo, ni en ningún otro, y mucho menos con ustedes por no aburrirles y, sobre todo, porque no me sepan las perversiones. Recuerdo que cuando todavía había en este pueblo un cura decente, yo me confesaba mucho para salvarme del Demonio. Luego, cuando el pobre falleció dejando huérfana a toda una parroquia que a día de hoy todavía no ha levantado cabeza, comencé a hacerlo con las mujeres. Confesarse con una mujer, sobre todo si es la idónea, es otra forma de revelación.

Agustín inventa la introspección como pudo haber inventado el invierno: de pronto todo es más frío, más verdadero, más desnudo. Se pregunta qué es el tiempo y nos deja sin relojes. Se pregunta qué es el mal y nos deja sin coartadas. Y mientras tanto, su madre, Mónica - santa sin tratado, lágrima sin retórica - atraviesa las páginas como una procesión íntima.

El libro que me regalaron huele a papel nuevo, pero habla de una vida vieja, de un joven brillantísimo que quiso ser retórico antes que santo, amante antes que creyente, orgulloso antes que humilde. En eso, Agustín es moderno: quiso probarlo todo antes de creer en algo. Fue un muchacho con talento desbordado que acabó obispo en Hipona, escribiendo contra herejes y contra sí mismo.
Un hombre que comprendió el pecado no como una anécdota sino como una arquitectura.

Me lo regalaron, decía, en mi último cumpleaños. Hay algo casi cruel en ofrecerle a alguien las Confesiones: es como decirle “te conozco, sé de ti” sin pronunciar la acusación. Porque el libro no habla solo de lujuria adolescente o de peras robadas - esas peras que son el símbolo más literario del delito inútil -, sino de la inquietud. Esa frase que atraviesa los séculos como una proyectil lento:
“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Inquietud. Inquietud de ciudad, de amor, de memoria. Porque al final, Agustín no escribe para ser perdonado, sino para entenderse.

Hay quien lee las Confesiones como tratado teológico. Yo las leo como novela de formación. El chico que abandona Cartago, el ambicioso que seduce auditorios, el hijo que hace sufrir a su madre, el hombre que escucha una voz infantil decir “toma y lee” y abre la Escritura como quien abre una ventana. Todo eso es argumento. Todo eso es literatura. Literatura de la que no necesita inventar trama porque la vida ya es exceso.

Cumplir años es sumar arrugas al calendario; recibir a Agustín es sumar profundidad al espejo.
Desde el sábado el libro descansa en mi mesilla como un animal doméstico que respira en silencio.
Y su final no es un cierre sino una elevación. Agustín deja de hablar de sí mismo para hablar de la creación, del Génesis, del tiempo que empieza cuando Dios dice. Es como si el hombre que se había desnudado durante páginas enteras decidiera cubrirse con el universo. Del yo al cosmos. Del yo al yo, siempre el yo. De la culpa a la luz. No termina en penitencia, sino en contemplación.

Agustín pecó, dudó, amó mal y pensó demasiado - como todos -, pero escribió. Sobretodo todo escribió. ¿Cuánto le debe Agustín al haber escrito? Y al escribir se salvó un poco. Tal vez la literatura sea eso: una forma laica de redención.

Cierro el libro y me reconozco inquieto. Cumplir años ya no es solo envejecer, sino acumular versiones de uno mismo. Las Confesiones me recuerdan que la biografía no es una línea recta, sino una espiral que vuelve siempre al mismo centro: el deseo de sentido.

Me regalaron a Agustín y, sin saberlo, me regalaron tiempo. Tiempo para pensarme. Tiempo para dudar. Tiempo para leerme en otro - única forma realmente provechosa de leer -.

 

 

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