luns. 19.01.2026
El tiempo
Abraham Trillo
07:22
19/01/26

El alto

Cubatas

El pub, útero eléctrico donde la gente se mueve para no pensar, o piensa mejor porque se mueve. La música está altísima y apenas se puede mantener una conversación, pero el cuerpo resulta un argumento suficiente.

Bailan. Bailan los cuerpos con una gravedad alegre, con esa seriedad casi religiosa del que sale por oficio. Las cinturas de las mujeres que me rodean hablan lenguas que no figuran en los libros, y los brazos trazan frases torcidas en el aire azul de los focos. Nadie baila bien del todo y por eso bailan todos: la imperfección es democrática cuando la percusión insistente de la Arena y Sal de Saiko y su panda suena como un corazón joven.

En la barra, el Arehucas con Coca-Cola es un misterio laico. El vaso, lleno del hielo que lo hace sonar como el reloj de un pobre, suda más que el personal, y ese sudor es la verdadera medida del tiempo nocturno. Se bebe con calma, como si el trago pudiera enseñarnos algo, y se bebe rápido, como si no estuviéramos dispuestos a aprenderlo. El camarero oficia sin fe pero con técnica, y así va repartiendo cientos de noches líquidas a seis euros la revelación. El pub es un gran teatro sin obra que representar pero con actores espléndidos. La chica del vestido negro baila como si la mañana no estuviera a punto de caernos a todos encima, no se me ocurre forma más honesta de bailar. El tipo de la cazadora de cuero sube mucho al baño y cree que todavía puede con todo. Fuera, el pueblo duerme mal; dentro, la noche se escribe sola, con tinta de ron - ¿cuándo he abandonado la ginebra por el ron? - y música prestada.

Cuando salimos a la calle, la madrugada nos mira con cara de madre. El eco del pub se queda pegado al cuerpo como un perfume malo que no queremos perder aún. Caminamos filosóficos y algo torcidos, con la dignidad precaria de quien ha sobrevivido al reguetón y al alcohol. No hemos encontrado el amor ni la verdad, pero llevamos algo mejor: la melancolía dulce y cansada que solo concede la noche cuando empieza a retirarse. Pronto vendrá el día con su moral y sus horarios, pero ahora pertenecemos todavía a la noche. La noche es el recuerdo de otras noches, escribí un día en un diario que acabé perdiendo.

Hace apenas unos minutos, qué dadivosidad de baile, qué prontitud de cuerpo, qué violencia en el ritmo. Ahora estamos en el coche, muy en silencio, agradeciendo el asiento. Hay que arrancar esta máquina y largarse antes de que nos convirtamos en piedra. En la carretera todo son curvas, curvas y más curvas que vamos trazando suavemente. Detrás de una de ellas: el alto. Ahora sí que la cagamos. “Buenas noches. ¿Han bebido?”. Menuda putada. Y uno trata de intervenir, claro. “Mire que estamos en casa ya”, hay que decir algo. “Bueno, yo eso no lo sé caballero. Usted, vuelva a soplar”. Y la sanción es enorme, y hace un frío terrible, y ella se pone triste, y yo me doy cuenta, mientras la miro, de que nunca quise tanto a una mujer.

 

MÁIS ARTIGOS DE ABRAHAM TRILLO

Comentarios