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02/02/26

“El pícaro”

Fernando Fernán Gómez e Juan Ribó, nos papeis de pícaros, nunha escea da serie el Picaro
Fernando Fernán Gómez e Juan Ribó, nos papeis de pícaros, nunha escea da serie el Picaro
“El pícaro”

La picardía nace en el lugar mismo donde el hambre comienza a pensar. No proviene de las universidades ni del catecismo, sino del frío, del estómago vacío y de la mirada baja que, precisamente por baja, todo lo ve. En “El pícaro”, serie que Fernando Fernán Gómez se regaló a sí mismo y a RTVE, la picardía no es un rasgo de carácter si no una biografía social. Lucas Trapaza no actúa, reacciona; no premedita, sobrevive; no miente por gusto, sino por salvarse.

El pícaro fue, y sigue siendo, el fruto de una sociedad mal repartida. Cuando la moral se predica desde arriba y el hambre se sufre desde abajo, nace el ingenio como forma de resistencia. Fernán Gómez, que había leído, vivido y observado, lo sabía. Por eso “ El pícaro” no es una serie de época, sino una crónica perpetua que llega hasta nuestros días fresca y vigente. Cambian los trajes, pero no los amos. Cambia el lenguaje, pero no el desprecio.

Lucas Trapaza camina por una España polvorienta dialogando con sus tripas, de taberna en taberna, de amo en amo, como quien atraviesa una pedagogía del fracaso. Cada uno le enseña algo: el clérigo le enseña la hipocresía, cómo no; el noble, la inutilidad; el poderoso, la crueldad distraída. Y Lucas aprende rápido porque no le queda otra; el pícaro aprende sin margen para la inocencia - lujo de la infancia que dura muy poco - o desaparece. Y hay algo profundamente español en todo esto. No tanto en el folclore, sino en la resignación irónica. El pícaro no sueña con cambiar el mundo, sueña con pasar el día. No quiere justicia, quiere cena. Es un héroe mínimo para tiempos miserables.

La picardía es, antes que nada, una forma de lenguaje. El pícaro habla porque no puede hacer otra cosa. No tiene tierras, ni espada, ni apellido, pero domina la palabra como una navaja pequeña: sin épica pero con eficacia. Fernán Gómez convierte así el castellano en refugio, en salvoconducto, en pan robado. El idioma no como adorno si no  como instrumento para ganarse la jama.

Hay también una tristeza seca, casi casi elegante, en lo narrado. El pícaro no puede aspirar a la justicia social ni a la redención moral. Aspira a comer hoy, simplemente; mañana ya se verá. El pícaro, realista radical, no entiende de revoluciones, porque la revolución exige tiempo y esperanza, dos cosas que no posee. España, país donde la épica siempre ha resultado sospechosa y la supervivencia una especialidad nacional, siempre ha producido pícaros, y los sigue produciendo a día de hoy de forma entrañable: los chiringuitos de los famosos políticos, las tramas que montan para sablear al contribuyente, las argucias de los escritores para ir dándosela entre ellos, las películas que se inventan los colectivos para que vayamos tragando… Pero hablamos de otra clase de pícaro. El pícaro no pretende salvar a nadie, ni siquiera a sí mismo: el pícaro se mantiene a flote. Flotar ya es bastante.

Fernán Gómez, que comprendía la miseria lúcida, nos dejó en estos trece capítulos una lección eterna: el hambre piensa, la pobreza agudiza el ingenio y afila el lenguaje. Mientras el mundo continúe estando mal repartido, seguirá habiendo hombres pequeños, astutos y verbales caminando por los márgenes, sobreviviendo a fuerza de inteligencia y dignidad torcida. Cuando la justicia no está presente, aparece la trampa. El pícaro es un tramposo, bueno o malo, que emplea la inteligencia mínima necesaria para no de saparecer. Porque el pícaro no quiere desaparecer, se niega a desaparecer y lucha desde el instinto para no hacerlo; el Mundo, a fin de cuentas, también pertenece a los que no lo pueden disfrutar.

 

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