Toda la eternidad

El rosario de merchandising. El rosario barato que compré no sé ya en dónde y que huele a rosas. El rosario está guarecido del pecado de la cotidianidad por una caja circular y plástica con la cara impresa del papa Francisco - anticristo para buena parte del mundo, de la feligresía, y de la curia. Que se lo pregunten al cardenal Burke. Yo, es que no sé -. La caja está en una balda de la biblioteca, al lado del escritorio. El rosario y la caja están olvidados y no. Cojo la caja; la abro, observo el rosario envuelto en si mismo como una serpiente santa y colorada, dormida o muerta - a lo mejor la mató algún santo para santificarla -, y huelo levemente la fragancia que emite. Acerco la nariz a la pequeña caja y aspiro ahora con más fuerza. Viajo con el vehículo de la mente en el tiempo hasta la habitación de mi bisabuela - hoy de mi abuela - y me veo de pequeño, junto a la galería de la estancia por la que entraba toda la luz blanca del cielo azul, oliendo un rosario igual a este, solo que con distinto Santo Padre en la portada. El olfato es el único sentido que realmente me ha servido en esta vida para regresar a aquellos lugares donde fui feliz: el olor a canela de la tortilla de pan, el olor a pasillo del pasillo de la escuela, o el de las bragas que no usaba la única novia seria y formal que tuve un día. El rosario, idéntico al mío si no fuera por el cambio del papa que lo ornamentaba, ya lo he dicho, lo tenía guardado mi bisabuela junto a una amatista “Rosa de Francia“ engarzada en un anillo que nunca se ponía. Estas reliquias las iba descubriendo de tarde en tarde, cavilando un futuro millonario de tanto oro y piedra preciosa como había almacenados por las antiguas generaciones de mi estirpe en los cajones de casa. Hoy no sé qué ha sido de todo ello, pero una vez crecido no estoy en disposición de andar revolviendo gavetas ajenas.

De vuelta en el hoy de mi despacho, y tras unas cuantas inhalaciones con los ojos cerrados, me decido a sacar el salterio de su envase. Rosario, me gusta más la palabra rosario. Solo conozco a una Rosario, y más bien de oídas. A Rosario la conocí una noche, cuando me la presentaron unas amistades. Guapísima y española Rosario a la que apenas logro poner ya cara. ¿Cómo le olerá el pelo a Rosario? ¿Rezará Rosario el Santo Rosario? Ni idea. Saco el mío de su envase y lo analizo con la mirada. Yo sí que voy a tener que rezarlo. ¿Cuánto hace que no rezo el rosario? Voy a tener que rezarlo; si puede ser en veinte minutos mejor que en veinticinco, me han encargado. Tengo que rezarlo bien, y con voz bonita, porque voy a grabar el audio de mi oración. Nada de la voz oscura y grabe de los programas de radio. De eso, nada. Tengo que rezarlo bien, con clara dicción, y voz bonita. Según me han explicado la van a poner en una iglesia, antes de misa, para que las señoras estén tranquilas y no armen jaleo entre ellas. La idea me parece muy buena; no me puedo negar. Cuando yo ya esté muerto, mi voz secuestrada en algún pen drive seguirá dialogando con el género femenino toda la eternidad; eso sí es vocación.

 

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