Corcubión, ciudad sin ley

Un cristal que se rompe en mitad de la noche. Una persiana rayada con una llave fría. Un banco del parque que amanece herido de navaja como si alguien hubiera querido grabar su rabia en la madera. La villa se levanta por la mañana y descubre esas cicatrices.

Corcubión es uno de esos lugares donde el mar debería imponer cierta calma, pueblo idílico donde bien puideron haberse rodado las andanzas del padre Casares. Edificaciones que miran al puerto, calles estrechas que han visto pasar siglos con paciencia de piedra. Un sitio que, sobre mapa, parece demasiado sosegado para estas pequeñas violencias nocturnas. Y sin embargo se suceden sin medida ni remedio.

Miembros del cabildo municipal se han manifestado dolientes por los dos macetones de la plaza que la madrugada del domingo aparecieron tirados. Pero estas tropelías son ya rutinarias. Es típico, en las mañanas de los fines de semana, ver las calles llenas de vasos de papel y demás condonage, contaminación que llega a la playa suave de la mañana, para alimentar a base de vómito a las gaviotas, desde el mar de de la vida nocturna.

Una farola rota. Un portal pintarrajeado. Un banco del paseo arrancado como si la amanecida hubiera decidido probar su fuerza contra el mobiliario urbano. El vandalismo tiene algo de adolescencia eterna. No es una revolución ni una obra de arte: es un gesto brusco, rápido, infantil.

Las paredes lo saben bien. Las paredes de la siempre noble Corcubión acumulan firmas, garabatos, iniciales que probablemente no signifiquen nada dentro de unos meses. Pequeñas proclamaciones de existencia hechas con rotulador grueso y mucha urgencia. Yo estuve aquí.

El problema viene cuando el vándalo confunde presencia con destrucción. Piensa que ser y estar es romper algo. Cree que el pueblo es una libreta sin dueño. El pueblo es del pescador que madruga cuando todavía no ha amanecido, del vecino que abre la cafetería muy temprano, de la mujer que pasea cada tarde por el puerto. Cuando alguien rompe un banco o raya una pared no está afectando la madera o la pintura; está ultrajando una pequeña convivencia.

Y es aquí donde se dirime la cuestión verdadera. Porque la autoridad, en un pueblo pequeño, no necesita ser grande. Solo necesita existir. Y en Corcubión da la sensación de que la alcaldía pretende hacerse respetar, pero no tiene con qué. No hay municipales. No hay esa figura cotidiana del agente que pasa, mira, advierte, e impone un poco de orden civil. Lo triste - y peligroso - es que el orden no debería depender solo de la paciencia de los vecinos. Aunque ahora nos han prometido poner algún voluntario de P. C a solucionar estas cuestiones.

La legislación, cuando no se ve, se vuelve teórica. El vandalismo no suele tener ideología. Tiene aburrimiento y ganas de joder. Tiene noches largas, grupos demasiado jaraneros y esa peligrosa sensación de impunidad que da la madrugada. Y así, con esto y un bizcocho, es como Corcubión, a ojos de vecinos y turistas, parece una ciudad sin ley.

 

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