Mojama de lisa

 

Sábado morning

Llego al Montañés con las manos llenas de tinta, compré el periódico en Corcubión - algún gasto habrá que hacer en el pueblo - y me lo traje paseando debajo del brazo. Frío enorme. Viento que viene de las tierras altas de la comarca. Me está doliendo mucho el pelo últimamente, lo cual no es del todo malo porque si duele es que tiene raigambre. No sé, digo yo. A la peluquera que me trata la melena siempre le pregunto por el estado de mi pelo y no le ve problema ninguno; muy saludable. Yo le digo que es porque uso sombreo, y ella se ríe. Me envuelvo con el periódico, me forro de letra impresa, chaleco de papel contra la bala rapidísima del aire. Álvaro me trae una mojama de lisa, que preparó él o alguien, no me queda claro, para acompañar el ribeiro. Bocado fino. No sé si me duele el pelo o la cabeza; la sien, me duele una sien, la sien izquierda, debe de ser de leer El País. El País lo compro por el suplemento literario, claro está, por Leila Guerriero y por Manuel Vicent. Ojalá Arcadio Espada escribiera en El País y me ahorrase los dos euros a mayores que me gasto también en El Mundo. Hice cálculos y dos periódicos al día salen en mil setecientos ochenta euros al año. Pero hay que leer, porque un escritor que no lee tampoco escribe. Voy a tener que pedirle a mi señorito - o sea, al señor director - que me suba el sueldo, porque esta vida burguesa que nos hemos elegido no se aguanta sola.

Domingo midday

Mercado dominical. Otra vez en Cee. Yo no sé a qué voy tanto a Cee. Mi abuela me lo pregunta mucho.

- ¿A qué vas tanto a Cee?

- Bueno, no sé… Ya sabes, recados, cosas. ¿Necesitas algo del mercado?

- Pues ahora así que se me ocurra pienso que no.

- Ok.

Gente que va a misa. Hay que tener ganas…

- Hoy no está el cura, ¿sabes?

- No sé, no.

- Viene uno de fuera.

- Pues qué bien.

Abogados que pasan consulta en las cafeterías - cosa alucinante -. Sol. Señoras muy feas vendiendo camisetas por lo del chochomeme, esa otra Iglesia. Aperitivo con amigos. Coincidimos en que Cee es un ayuntamiento feliz que va resistiendo a pesar del intento de la alcaldía por cargárselo, lo mismo le ocurre a Corcubión. A Corcubión llego pasadas las tres de la tarde a tiempo de enterarme de que le pusieron una calle a unas ancianitas que tocaban la pandereta. Entrañable.

Ya en casa me descubro una mancha en la mano. Mancha de sangre subcutánea. ¿Me habrá dado un micro infarto y no me he enterado? Llamo a Antonio para preguntárselo. Me receta unas cosas.

- ¿Y no te habrás dado un golpe?

- ¿Me hacen falta tantos medicamentos?

- No, pero así te quedas más tranquilo.

- ¿Y para lo de la ansiedad a la hora de dormir me pusiste algo?

- No. Para eso no. Abre la ventana y listo.

- Pero con este tiempo voy a coger una pulmonía.

- Ya te añadí Paracetamol.

- Ah, bueno. Muchas gracias.

- No hay de qué.

Cuelgo.

La mancha sigue ahí, pequeña, morada, sin importancia. La dejo estar y pienso que hay domingos que son solo eso, una mancha mínima en el cuerpo del día.

 

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