La Luna no cambia

La Luna no cambia. Cambiamos nosotros, que es cosa más triste y biológica, más de carne que empudrece y memoria que se deshilacha. La Luna permanece, como una señora antigua y distinguida que no necesita moverse para continuar siendo el centro del salón. La miramos desde tan lejos y creemos que la estamos descubriendo, pero es ella la que nos ha ido coleccionando a nosotros, uno por uno, siglo tras siglo.

La Luna estaba antes de que inventáramos la nostalgia, antes de que decidiéramos ponerle nombre al miedo o a los mares. Y sigue ahí ahora, blanca y ajena, como si el mundo no fuera con ella, como si no le incumbieran nuestras guerras, nuestros amores o nuestras pequeñas derrotas cotidianas.

La han mirado todos. La Luna tiene más público que cualquier poeta, más seguidores que cualquier cantante de reguetón. La ha mirado Hemingway con ese gesto seco de hombre que desea comprenderlo todo empleando la mínima cantidad de sentimentalismo posible, la ha mirado Josep Pla, irónico de campo y playa, y la estuvo mirando Larra - Mariano, don José - antes de pegarse el tiro con el que daría fin a su corta vida de veintisiete años. Cada uno creyó verla a su manera, pero la Luna no da pie a interpretaciones.

El torero, en mitad de la plaza, dibuja con el cuerpo un gesto inútil y eterno, como si quisiera imitar a ese astro que no necesita sangre para imponerse. La Luna no mata, pero hipnotiza. ¿Cuántas veces la muerte ha sucedido a la hipnosis? El toro embiste y el hombre se juega la vida, pero arriba sigue esa redondez perfecta, indiferente al drama, como un espejo donde no se refleja nada. Nosotros envejecemos. Se nos cae el pelo, se nos llena la cara de surcos, van desapareciendo - ay- los nombres propios que nos sostenían. La Luna, en cambio, tiene esa juventud antigua que más que juventud es permanencia. No es que no cambie: es que sus cambios no nos pertenecen. Crece, mengua, desaparece, regresa, pero es y siempre será - a no ser que a míster Trump le dé por bombardearla - la misma. Nosotros no volvemos nunca.

Quizá por eso nos consuela. Porque en medio de tanto movimiento, de tanto ruido, de tanta urgencia y tanta prisa, hay algo que sigue ahí sin pedirnos explicaciones. La Luna no necesita entendernos, ni nosotros a ella aunque alguno se empeñe. Basta con salir una noche cualquiera al balcón, levantar la vista y comprobar que, pese a todo, no todo se ha roto. Y entonces es cuando uno piensa con una lucidez un poco amarga - no hay dulzura en la lucidez - que la verdadera eternidad no es la de los dioses ni la de los libros, sino la de esa luz friísima que cae sobre los tejados y los cuerpos, sobre los vivos y los muertos, sin distinguirlos. La Luna no recuerda, pero tampoco olvida. Simplemente está. Y eso, en un mundo que no deja de escapársenos, ya es algo.

 

 

 

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