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13/04/26

Defender la palabra como si aún importara

Defender la palabra como si aún importara

Crear una revista literaria es, en el fondo, la forma más elegante de la locura. No hablamos de la locura del sanatorio o del manicomio - locura gris e institucional que por desgracia padece tanta gente -, sino de esa otra locura íntima, aromatizada de tinta y café frío, que consiste en creer que todavía hay alguien, ahí fuera, dispuesto a leer palabras impresas en un folio.

Uno comienza la misión que se ha fijado con una idea vaga y cercana a lo sentimental: reunir voces, dar espacio, prender una pequeña hoguera de papel donde guarecerse del frío digital. Y ya en ese primer impulso existe algo de heroísmo y de ingenuidad, cualidades que suelen ir de la mano como amantes condenados. Una revista literaria, nos vamos dando cuenta, no se crea: se padece.

Se padece en las madrugadas, cuando el texto no llega, cuando el autor prometido desaparece, cuando en el número se observan más huecos que firmezas. Se padece corrigiendo comas como quien repara grietas en un edificio que amenaza ruina. Se padece, sobre todo, al descubrir que la literatura, diosa caprichosa y medio puta, no siempre agradece la devoción.

Y, sin embargo, uno sigue, porque una vez puestos… Aquello de “ Por necesidad batallo, y una vez puesto en la silla, se va ensanchando Castilla delante de mi caballo”.

Existe un instante - breve, y poco disfrutado cuando se alcanza - en que todo encaja. Un poema que ilumina una página, un relato que respira con fuerza ... Y entonces la revista deja de ser un mero proyecto para pasar a convertirse en algo vivo, algo que late. Es un milagro pequeño, doméstico, pero milagro al fin: el lenguaje organizándose contra el caos.

Crear una revista literaria supone también saber ejercer de equilibrista entre egos. El escritor - el escritor de verdad, no a lo que estamos acostumbrados por la zona - quiere ser leído, pero también quiere ser el mejor y el más leído. Por otro lado, el editor, el director, quiere ordenar, marcar unas pautas, pero también quiere ser reconocido como demiurgo. Y en ese juego de vanidades suaves se construye una comunidad frágil, sostenida más por el lícito deseo de ser algo - de hacer algo provechoso - en esta vida, que por la propia realidad.

Luego está el lector, parte fundamental, fantasma imprescindible. Se escribe para alguien, se diseña para alguien, se sufre por alguien… y nunca termina de aparecer con la claridad con la que uno lo piensa. El lector de este tipo de revistas es una criatura mitológica que si existe, lo hace casi siempre en otra parte.

Y aun así, uno insiste. Porque organizar y presentar una revista literaria es, en el fondo, una forma de resistencia. Contra la prisa, contra la banalidad, contra este mundo que nos empuja a decir lo que él quiere que digamos. Crear una revista literaria es un acto casi político, aunque no se pretenda y se enmascare de estética; defender la palabra como si aún importara.

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