El pie, esa herejía del cuerpo

El pie femenino es, quizá, el lugar donde el deseo se torna anormalidad y concreción, y por añadidura, interesante. El pie, patria de si mismo, no es el centro del Mundo anatómico ni lo pretende. No compite con las demás facciones corporales. Está abajo, a ras de suelo, apartado, cumpliendo su función mecánica de sostener y avanzar. Y, sin embargo, hay quien decide detenerse ahí - “ Demórate aquí en la luz mayor de este mediodía… “, que dice la canción - como si en ese gesto hubiera una especie de revelación privada.

El fetichista, es sabido, no busca lo evidente. No le interesa lo que ya está cargado de significado. El fetichista, toma algo cotidiano y lo saca de contexto para elevarlo al cuadrado. Un pie deja de ser apoyo y pasa a ser objeto de atención.

El pie de la novia que quisimos y que incluso un día mandamos pintar, pie de campesina, no invade, no exige, está ahí, barroquizado de tiempo, para nuestra perversión y disfrute. Está aquí, al alcance de nuestros sentidos, disponible pero no protagonista. Esto permite una mirada más tranquila, más reflexiva, más obsesiva incluso, más de película de tarado psicópata - Hannibal Lecter con fijación por Fanny Ardant, un suponer -. No es un deseo de impacto, sino de repetición: mirar, tocar, oler, volver a mirar…fijarse en lo pequeño, vaya. La forma, el tacto de la piel, el gesto al caminar.

El fetichista ama la idea de lograr detener la rutina en un detalle.

En este Jueves Santo, durante la misa, el cura párroco que Dios tuvo a bien traernos desde el equinocio de la Tierra como penitencia para purgar nuestros pecados, se cansó de enjuagar y de besar los pies de las santas mujeres que los laicos vocacionales como yo - ay - nunca lograremos alcanzar. Un suertudo, el tío.

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