Dominguín y Ordóñez, Morante y Roca Rey

torero

Huelen estos días a tarde de toros vieja, a sol que cae despacio sobre la arena como una moneda muy gastada, a ese silencio espeso que se da siempre después del susto. Han cogido a Morante, han cogido a Roca Rey, y en la cogida - palabra hispana, brutal e íntima - hay algo más que carne abierta: hay una verdad inmaquillable.

Morante de la Puebla cayó con ese aire antiguo que tienen los héroes, como si el toro le hubiese recordado que, si el “amor” que compuso Álvaro Dalmar - y que luego cantaría María Dolores Pradera - “ se escribe con llanto”, el arte en la plaza se forja con sangre. Y Roca Rey, joven
emperador de un valor que ya no se lleva, volvió a plantarse donde nadie quiere estar, en ese sitio donde el miedo se vuelve pan y el hombre debe optar por seguir siendo hombre o abandonar el barco.

España, palabra mal usada, aún se sostiene por estas cosas pequeñas y enormes: una persona, un héroe con un trapo y un hierro, delante de un toro y de sí mismo, un instante de verdad en medio de tanta mentira. Porque mientras la política se nos llena de trajes oscuros e inmoralidad, de discursos huecos y financiados por el dinero generado en las casas de putas, de pasillos donde la ética - y su estética - se manchan de chamaconismo marrano y mal gusto, en el coso ocurre lo contrario. Allí no hay metáfora, ni triquiñuela verbal, posible. Solo verdad. Cruda verdad que tanto ofende. O te quedas o te quitas. O eres honrado o no eres nada. El público cultísímo que puebla la fiesta de los toros - mucho más cultivado que el futbolístico -, lo es porque sabe premiar y castigar la honradez, o su ausencia, en la lidia.

Ernest Hemingway lo vio. Lo escribió en Verano sangriento. En ese verano donde el sol no quiso perdonar y la muerte fue liturgia. No era la sangre, ni el sadismo, lo que le fascinaba, sino la claridad. La pureza terrible de un rito donde todo está en juego - la vida. La vida de la persona y la vida del animal -, y nada se puede fingir. En aquel 1959, Dominguín y Ordóñez; Morante y Roca Rey, esta semana.

La cogida y su cicatriz, no son tan solo una herida, sino que también conforma una declaración. Un decirle al mundo - a este mundo nuestro de despachos y promesas incumplidas - que todavía hay hombres libres que se juegan el cuerpo para elevar el alma.

Y uno, viendo caer a Morante, viendo levantarse a Roca Rey, piensa que quizá no está todo perdido. Que mientras haya alguien capaz de ponerse delante del toro vistiendo la verdad desnuda como traje de luces, habrá una resistencia silenciosa frente a la podredumbre del sistema. Mientras en las bocas de los necios suenan chascarrillos porque un morlaco le ha puesto una de sus astas por el recto - casi hasta el destripamiento - al mejor hombre del país, ese hombre ya está entrenado su cuerpo para volver a los ruedos en dos semanas. En la arena no hay corrupción posible. Solo hay valor o su ausencia. Y esta semana lo que hemos visto - lo que todavía podremos seguir viendo en lo que queda de temporada - es que la verdad es hermosa en todas sus manifestaciones y que todavía merece la pena luchar por ella.

 

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